NEGRO.

Me sumergí de a poco en el mar, siempre de a poco, sin arriesgar. Escucho quejidos, lamentos gritos ahogados, desesperados, diafragmas hinchados y cuerdas vocales desgarradas. Primero un pie y luego el otro. Derecha e izquierda. Los nubarrones se agolpaban sobre mí observándome impacientes, sonrisas maliciosas que salen desde un negativo antiguo. La gente antes se veía más perversa. Esperando que me caiga. Acantilado profundo, caverna oscura. En mis sueños nunca sueño a color, recién al despertarme casi ciego observo al mundo tal como es. Me lleva trabajo saber quienes mienten y quienes dicen la verdad. Prefiero desconfiar siempre, lastimarlos a todos por las dudas. Regocijarme en el dolor, apaciguarme con los llantos y cobijarme con lamentos, con ruegos, con clemencia. Me dejó seguir soñando. Los líquenes se apoderan de mis piernas, mis muslos se hinchan y comienza la mutación. Bebo el brebaje humeante. En tiempos de la inquisición hubiese muerto joven, hereje y rebelde. Quiero hacerme fuego, chispas y calor. Madera que se derrite y se blanquea, exuda un olor fuerte y agrio, un olor que penetra directo en mis orejas y lo escucho derretirse como el bostezo de un ogro, de un ser enorme de espalda encorvada. Mis tobillos se retuercen, se abren y crecen las algas. Me abro paso para la iluminación y de a poco dejo de respirar. Mis manos se llenan de hongos que crecen supersónicos. No tengo miedo, pues ya tuve suficiente que temer. Se me ahueca el paladar y brotan gusanos. No pueden respirar bajo el agua, se mueren al instante. Arriba el sol ilumina poco, destellos dentro de burbujas, dentro de espuma, dentro del agua, dentro de caparazones de tortugas, dentro de aletas y de rocas, dentro de mí. No pienso en irme, ya huí tanto. Quiero caer y estoy ansioso, siempre hay oportunidad de bajar un poco más. Debajo de las uñas corales multicolores cobijan caballitos de mar. Una raya enorme me sale desde dentro de la boca y ahí el veneno. La espuela de mi zapato izquierdo cae hasta el infinito. La inmensidad no está en el cielo, está debajo. En un momento fui ciervo, hasta que me crecieron los cuernos y fui alce hasta que se me hinchó el estómago y fui oso, fui elefante cuando se me estiraron las orejas y me crecieron gruesos pelos en la trompa. Me transformé en una ballena cuando el corazón fue tan grande como un globo aerostático y muté en un ave cuando las plumas me estrujaron la carne, soy camello cuando me crece una joroba enorme y murciélago cuando como frutas. Soy un perezoso cuando me muevo lento, soy azul cuando no soy rojo, soy un tigre cuando me arropo y un caimán cuando parpadeo. Soy gris cuando no soy verde, cuando me canse de pudrirme, soy naranja cuando no soy amarillo y negro cuando me muero.

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la muerte.

Un suicidio también puede ser bello, porque perpetua un instante, por su calidad de inesperado y porque remite a la sorpresa. Encierra dentro de sí una mística incomparable y es casi tan inexplicable que comienza a resultar sagrado, propio de criaturas que existen solo en la imaginación de alguien o de muchos.

¿Dónde irán a parar esos recuerdos o esas vivencias? ¿Esos instantes y situaciones? Es algo que se preguntan los que quedan, los afortunados o desgraciados que se mantienen vivos colgados de finos hilos invisibles, ya sea para representar una obra de títeres o para mantener sus respiradores artificiales encendidos o también para ver crecer las flores en un campo o respirar el aire caliente que el mar le devuelve a la playa caribeña.

Se debe reconocer entonces en quien se quita la vida esa valentía mezclada con cobardía, es que el suicidio nos genera sentimientos encontrados, nos enfrenta directamente con la muerte, que aunque sea de otro la sentimos como nuestra. Y esa muerte debe tener un rostro y ese rostro nos impacienta y quizás sentimos envidia de aquel que muere, porque ya pudo resolver todo lo que a nosotros nos genera miedo e incertidumbre: ya develó el misterio.

Son pocos los momentos en los que uno se levanta por la mañana, luego de una noche fría pero tranquila, apacible, pensando en la muerte. En la muerte, solo en la muerte. Ni en como será el momento en que uno muera, ni en como ni donde, eso asusta. La urgencia por vivir todo cuanto antes y no dejar nada para después nos asusta, me asusta. Pero no la muerte, para ella tengo los brazos abiertos y la calidez de mi abrazo.

 

30/04/2018

Soñé que estaba en un planeta nuevo y desconocido. Bajábamos un grupo de personas de una gran nave, era metálica y de color gris y aunque yo solo veía su parte lateral puedo decir que era enorme.

No veía absolutamente ningún rostro de todas las personas que bajaron conmigo, solo sus espaldas distribuidas en el territorio de forma aleatoria, pero a pesar de ni siquiera conocerlos o hallar en ellos una cara conocida (porque claro está, no me dejaban ver su rostro) podía notar su admiración y asombro por aquella tierra desconocida y como sus cabezas se elevaban mirando al cielo y automáticamente bajaban para contemplar el suelo.

Ninguno de nosotros parecía tener algún tipo de traje anti gravedad o algo parecido. Solo vestíamos trajes livianos y blancos.

Bajamos de la nave mediados por una actitud ansiosa y de expectativa profunda y apenas hubimos descendido sentí aquel aire renovado, fresco y un viento particularmente frío. Dí una enorme bocanada que me relajó y me hizo sentir seguro y cómodo, como si regresara a casa sano y salvo luego de un largo viaje.

Como dije, el viento era frío y pude sentirlo perfectamente, realmente sentí mi cuerpo intentar temblar por ese frío seco.

El suelo se pintaba de un color rosa que se transformaba a lo lejos, cerca del horizonte, en violeta y raramente en naranja. Aquel horizonte era enorme y plano, eterno e incluso podía verse la tierra curvarse cuando el cielo se encontraba con el suelo.

Era realmente inmenso aquel planeta y muy hermoso, me tenía realmente fascinado.

Un sentimiento de genuina sorpresa me llenaba por completo el cuerpo a punto de querer hacerlo estallar. Sobre nuestras cabezas el cielo se sumergía en un negro azabache profundo e interminable, incalculable que lo devoraba de forma constante. Parecía ser el cielo más alto y enorme que había visto en mi vida, plagado de estrellas que se imprimían como puntos en medio de la oscuridad. Como puntos color azul.

Caminé algunos pasos y luego volteé para asegurarme que todo siga en su lugar quizás pero todos habían desaparecido: la nave y sus tripulantes, para mí de rostro desconocido.

Automáticamente después surgió ante mí (al darme vuelta nuevamente) una casa que parecía de campo, una estructura sencilla que a su vez parecía falsa, como esas casas de muestra que no las habita nadie.

Tenía un cerco blanco plástico de no más de un metro de alto que delimitaba el terreno en medio de aquella inmensidad. La casa también era blanca y tenía un techo a dos aguas bajo y se despegaba completamente de aquel fondo rosa y negro. Violeta y negro. Naranja y negro.

Tenía las cortinas de sus ventanas cuadradas y limpias, corridas y dentro las luces amarillentas estaban encendidas, pero aquella casa parecía estar deshabitada desde hace miles de años o mejor dicho parecía que nadie la había habitado jamás.

Eso me devolvió una tenue pero indeleble sensación de nostalgia y me llevó a preguntarme si puede extrañarse un lugar en el cuál jamás se estuvo antes.

Mientras tanto el viento seguía soplando frío.

piel.

Me siento como un gran reptil, como un enorme caimán ancestral que está cambiando la piel, de a poco se me desprende. Se engancha con las ramas que emergen del agua del pantano y me produce un gran dolor.

El hedor es insoportable. Mis patas están lastimadas y creo que en cualquier momento va a caer la noche.

Millones de árboles sumergidos bajo el agua cruel y verdosa, camuflada bajo otro líquido pegajoso. Unas flores blancas surgen centellando desde el líquido. Tengo las patas curtidas y los dientes rotos, el olor de la última presa que atrapé todavía permanece en el aire y el calor intenso empieza a dibujar formas que antes no existían.

Mis párpados dobles están resecos, hinchados, deshidratados y algunos insectos amenazan con meterse dentro de mis ojos. El sol quema a toda hora pero ya no puedo permanecer sumergido en esta agua asquerosa ni un minuto más.

Comienzo a desesperarme y la piel ya gruesa se engrosa cada vez más, el espíritu se me licúa entre nenúfares.

Los cazadores pueden sorprenderme en cualquier momento, mi cola cortada no puede resistir la presión y mi mente se vacía, se escurre.

Es duro saber que el único lugar al que se puede ir es la nada y la última cosa por intentar está tan lejos, en tierra firme. Lejos de este pantano.

21 planetas.

Me paré frente al espejo y me observé el cuerpo desnudo. Las cicatrices en mi pecho todavía rosadas se imprimían como nervaduras en el reverso de una enorme hoja. Dentro mío cohabitaban diversos mundos que aunque distintos y revueltos se me fundían con la carne y los sentía como varias especies de árboles que conviven en un mismo bosque, todos iluminados bajo el mismo sol, rozándose las raices debajo de la tierra, encerrados bajo una misma piel.

Lo que sentía aquellos días era que el corazón me latía al revés, no sé explicarlo con exactitud. Pero dentro mío esa masa aireada se movía al contrario que el de los demás mortales. Se contraía cuando los demás se expandían y se escondía cuando todos los otros del mundo se mostraban.

La noche anterior a este descubrimiento había soñado con un enorme castillo que regado por la luz tenue de un sol débil, me encerraba entre sus paredes gruesas. Si gritaba mi voz automáticamente se replicaba en todo el lugar, transformándose entre columnas de piedra y cortinas gruesas. El sonido impactaba en una pared, se deshacía en muchas partes y viajaba hacía alguna otra superficie, así hasta extinguirse por completo.

Sus ventanas estaban sucias y rayadas por la fuerza invisible del tiempo, en sus esquinas se acumulaba polvo que luego se transformaría en tierra.

De repente el castillo comenzaba a inundarse y el ruido del oleaje furioso que bajaba de las escaleras principales alfombradas me despertó. Era extraño, pues había escuchado el ruido del agua cayendo fuera del sueño, como si mis dos oídos se hubiesen quedado adheridos a la realidad y mi cuerpo y mi mente y mi alma se encontraran envueltos por esa poderosa y magnética fuerza onírica.

La semana pasada se descubrieron cinco planetas más, esto va rápido. Ya son en total veintiuno, ninguno preparado para la vida humana. De diversos colores y tamaños, en galaxias lejanas y otras más cerca.

Los años luz no son nada.

Es inevitable sentirme angustiado, me he sentido así desde que puedo recordarlo e incluso desde antes porque a pesar de no recordar la angustia sé que siempre estuvo allí, en mi corazón volteado.

sin título.

El cuerpo no recuerda

La cálida presencia

Levantando los vidrios que la ausencia dejó en el suelo

Me corté ambas manos.

La sangre fluyó hasta coagularse

Grandes restos rojos mancharon todo.

El mundo está paralizado

Los autos no andan y el polvo vuela por ahí

Los cables desconectados de la conciencia

Piden volverse a unir.

Sincronizar los sentidos, los sentimientos

Bajo este sol que quema

La tarde se va cayendo

Como una inmensa pared.

con el tiempo fui aprendiendo a ser robot.

– Repetí mi nombre varias veces, eso, así.

Mientras metía los dedos en su boca plástica y helada, sumergiéndolos de a dos y luego tres. Como metiéndolos dentro de los intersticios de un coral o una esponja marina.

– Decilo varias veces, hasta que no te lo puedas olvidar.

La textura lisa de sus fauces me tenía encantado. No había lengua dentro de aquella cavidad. No había saliva, mis dedos no se humedecían y el sonido no salía desde dentro de su garganta. Venía desde otro lugar, porque aún con mis dedos en su boca podía hablar. Como unas lúgubres notas de un sintetizador viejo y polvoriento desde su espalda emergían sonidos armoniosos pero desparejos.

– Decilo de una vez.

La luz amarillenta ya añejada de la pequeña habitación de hotel se esparcía como un líquido viscoso por las paredes. En algunos sectores la humedad había hecho estragos en el empapelado y todo era un recuerdo despegado. La piel se contraía por la humedad y parecía como un traje apretado, ceñido, que no dejaba respirar libremente.

Sierra Leona y su calor intenso. Piel sudorosa y brillante. Espolvoreada por un fino polvo de estrellas azulado.

Él sentado sobre la cama. Yo desnudo parado frente a él.

Un olor agrio, a sudor ajeno, no al mío. Un ventilador de techo que hacía ruido chirriante, sus paletas estaban sucias y su blanco estaba perdido.

Por lo que había oído dentro de su cráneo tenían una especia de masa rosada, repleta de luces como neuronas haciendo sinapsis, programadas bajo ordenes binarias, reducidas a un simple hardware, sin posibilidad de equivocarse, sin margen para el error.

Era lo que yo había elegido. Había pagado por esto. Una máquina que no sabía mi nombre, así que saqué los dedos de su boca y me los llevé a la nariz. Olor a metal.

– Elden. Elden. Elden.

De a poco me propuse desarmarlo, desajusté la tapa de su espalda y descubrí el tablero que allí se escondía. Lentamente toqué sus cables, sintiéndolos entre mis dedos, los arranqué uno a uno y miré como sus reacciones eran cada vez más extrañas.

En ningún momento lanzó sobre mi una mirada de duda, de compasión o de dolor. Sus párpados se cerraban desincronizados como los de un muñeco viejo. Sus muñecas se falsearon y cayeron a ambos lados de su cuerpo, con sus piernas sucedió lo mismo.

El día de hoy había sido eterno y el calor intenso. Respiraba con dificultad. Tomé mis cosas y abandoné el cuerpo a sus suerte sobre la cama en aquella pequeña habitación descolorida y olvidada en Freetown. Nunca pude asegurarme si aquella cosa seguía respirando o su ser se había desprogramado para siempre.

perdido.

Como un pájaro blanco que se camufla con la nieve

Quisiera desaparecer en el instante

Mirar hacia atrás mientras llueve

Hacerme polvo para jamás volver.

En mi sueño te escapabas

Caminando hacia atrás

Te escabullías en la niebla

Y no decías nada.

Un pajaro enorme salió desde dentro de mi boca

Plumas y alas entre mis dientes

Un asombro que no acaba

Y un corazón prendido fuego.

el último verano.

Creí que estaba dormido todavía, pero de pronto el viento susurró en mis oídos. El aroma de los arces y los pinos se dirigió directo hasta mi nariz en medio de una ráfaga azaroza y me llenó el pecho de felicidad.

Estiré los brazos y pude tocar su mano suave, ascendí hasta su brazo procurando apretar mis ojos, no quería ver, solo sentir.

Su vello suave se erizaba ante el poder de las yemas de mis dedos y permanecimos así un buen rato. Mis huellas dactilares se llenaban por completo de su cuerpo y quería aferrarme a él por siempre.

A lo lejos unas chicharras canturreaban y las hojas de los árboles se rozaban unas a otras produciendo un sonido desparejo pero a la vez armonioso. El grito de un pájaro me obligó abrir los ojos y sobre mi cabeza el cielo parecía tener fin o mejor dicho un comienzo.

Era el último suspiro del verano, la última bocanada de aire húmedo que le quedaba, el último rayo caliente que nos iba a iluminar.

Sentí nostalgia y mis rodillas bailaban entre ese espacio vacío. Tenía miedo de lo que iba a pasarnos, porque era inevitable. Las manos se me humedecían, sentía como cada poro se abría aleatoriamente para que una minúscula gota de agua pueda fluir. Últimamente los procesos naturales de mi cuerpo carecían de un orden lógico, de un razonamiento convincente.

Tomé su mano y sorprendentemente estaban casi tan húmedas como las mías. Pensé que era extraño que él sintiera temor, nunca me lo había demostrado. Su semblante era fuerte como un mármol, como un roble y su rostro sólo una vez se humedeció bajo el poder de unas lágrimas.

Una potente sirena comenzó a sonar de pronto, cercenando a los arces, a las hojas y al viento. ¿Estaríamos verdaderamente preparados para un primer contacto?

El techo sobre nuestras cabezas se abrió con suma dificultad y el ruido de metales oxidados se hacia intenso. Me incorporé rápidamente y él también. Observábamos con pavor, la carne se nos revolvía y una extraña fuerza magnética nos tironeaba el cuerpo.

Una luz blanquecina con un olor extraño nos iluminó el cuerpo. Era este el último verano de nuestras vidas. A aquella luz cegadora le siguieron los poderosos brazos metálicos, perfectamente sincronizados. De cada uno de ellos se disparó una aguja fina de unos veinte centímetros de largo que se insertaría en nuestra espina dorsal para privarnos de nuestra voluntad y de nuestros recuerdos.

Luego de eso todo se tornaría gris o más bien negro, como pintado con un grueso carbón.

Los brazos descendieron y con ellos las agujas, debíamos darnos vuelta para que el proceso tan doloroso sea lo menos doloroso posible. Susurré a su oído algo.

-Escapemos, le dije sin titubear.

Tomé su mano sin dudarlo, nos levantamos justo antes de que la enorme aguja perforara nuestra espalda.

Todo lo que podriamos hacer ahora era escapar.

lagartos.

-Vamos a contarnos todo lo que no pudimos mientras estábamos vivos.

-El agua está tibia, realmente agradable, podríamos meter un poco más que los pies.

-Hace tanto que no veníamos al mar.

-Es verdad, está tranquilo, calmo.

-Si, pero dijeron que esta noche va a llover.

-Es común en ésta época al parecer.

-Ayer me pareció haber visto a un lagarto entre aquellas piedras, tenía una cola larguísima que casi le tocaba el agua y era enorme, verde casi negro y tenía la cabeza chata. Los ojos rojos le brillaban como fuego y apenas me vió salió corriendo.

-Seguro lo soñaste.

-¿No me creés?

-Es que no es común ver lagartos por acá. Están más arriba en la montaña, tomando sol todo el día. No bajan hasta la playa por lo general.

-Bien sabés que acá no podemos soñar.

-Que raro… A mi me pareció haberme despertado con una imagen en la cabeza el otro día, como de algo que ya había visto pero no recuerdo donde ni cuando, estuve todo el día pensando en lo que vi.

Una luz crepuscular recortaba los cuerpos del horizonte y a lo lejos se escuchaba el canto de los pájaros que comenzaban a avivarse con los colores naranja violentos del inminente atardecer.

-Quisiera vivir solo en este momento para siempre, que esté muriendo el día eternamente.

-Cada vez hay menos palmeras acá.

-Es que cada vez está lloviendo más.

-No me gusta la lluvia, nunca me gustó y creo que jamás podría gustarme.

-¿Por qué?

-No se, me pone triste, me inunda el pecho de algo raro. Como algo viejo y ya usado muchas veces, gastado.

-Pero te gustan los atardeceres, eso me parece más triste que la lluvia.

-Para mí no. Tienen como una magia, la magia que tienen las cosas justo antes de terminarse para siempre. Tiene un gusto especial lo que se termina, es irremediablemente hermoso y tiene un último suspiro vital, un último fulgor veraniego que se agota de a poco.

-Que nostalgia.

El sol casi terminaba de caer y el mar comenzaba a despertarse de su letargo, impaciente comenzó a subir y a devorar la playa. Algunos árboles colgaban de las rocas burlando la gravedad y el bosque comenzaba a cerrarse producto de la oscuridad. Los lagartos comenzaban su peregrinación  en busca de la última comida nocturna y el regreso a sus escondites. Mañana sería un día de sol igual que este e igual a otros tantos que pasaron y vendrán.

-¿Qué te da nostalgia?

-Que mañana vamos a ser un recuerdo en la mente de alguien y cuando esa mente se apague vamos a dejar de existir.

-No pienses así, sos muy fatalista. Mirá para allá, entre aquellos dos árboles, unos ojos medio rojos.