1999 (I)

Verano de 1999. Una playa que no hace falta nombrar, no es ese el punto. El punto es que ahí estábamos. Yo 15 recién cumplidos y la primera vez por aquellos lados. Inexperto, infantil, inmaduro. Una vez oí decir a una tía que tenía la cara marcada por profundas arrugas que los hombres maduraban más lento que las mujeres, nose a que se refería. O iba a saberlo más tarde.

Familia clásica en sus formas, estereotipo típico, formula aburrida. Una pareja, dos hijos varones. Padres resentidos entre sí, incapaces de convivir una semana sin gritarse, pero demasiado cobardes como para estar lejos. Nose porque lo hacen. Yo cuando me siento mal en un lugar, me voy. Que pérdida de tiempo, pienso siempre.

Más que clase media baja, clase media chata. Sin demasiados sobresaltos.

Grandes dunas de arena en las cuales saltar y dar grandes zancadas. Interminables los días de playa y la diversión. Estaba fascinado con las vacaciones, como un nene de 5. Le tenía un poco de miedo al agua, pero nunca se lo dije a nadie, en realidad le tenía miedo a lo que estaba abajo del agua, lo que no se veía, no así a su inmensidad y a su poder.

Cada vez que ingresaba en el agua sentía un escozor en la espalda, un frio en el cuello y un leve temblor en las manos. Mis pies tocaban vaya a saber que cosa y yo me sobresaltaba. La corriente me arrastró algunas veces y me sumergí otras tantas. Trague agua en varias ocasiones y solo dos veces me anime a hacer pis.

Era pudoroso. No de mi cuerpo, al cual de a poco se empezaba a poblar de vello, por ahora fino y más transparente que opaco, pero sabía que no tardaría en crecer. Lo cotidiano era que sentía un intenso deseo de mirar hacia abajo con cada mirada que cruzaba al pasar, quien quiera sea. Siempre tendí a mirarme los pies, el suelo y todo lo que rodeé. Soy una criatura arraigada al suelo, para nada soñador. Siempre racional y pesimista.

Las vacaciones durarían en total un mes. Mis padres habían alquilado una casa a dos cuadras de la playa, rodeada de calles arenosas y pastos salvajes. Era realmente hermoso y tranquilo. Pero yo siempre sentía ese frio en la espalda, lo recuerdo desde que tengo uso de razón. Siempre sentí que no era suficiente, que había algo perdido en el fondo del mar, donde se alojaban mis miedos, donde el terror se escondía debajo de la arena, debajo de cada coral. Y sentía culpa. Demasiada culpa.

Los primeros días creí que me mantendría alejado de esa sensación desagradable, pero después fue en vano. Mis ojos se perdían en los cuerpos semidesnudos brillantes por el sol, quemándose de a poco su piel y empapándose su pelo. Flotando entre las olas o abrazados por el calor sofocante, conversando, riendo, hundiendo los pies en la arena. Seduciendo a criaturas del sexo opuesto o simplemente exhibiéndose.

Mis ojos le ganaban a mi mente. Nunca sentí que algo incorrecto fuese tan deseado. Estaba obnubilado ante tanta belleza y algo se despertaba en mí, prometiendo no despertarse jamás. Lo que había permanecido escondido bajo una roca antigua, había salido a la superficie y ahora volaba como una abeja tras un néctar delicioso.

Al terminar cada día de playa me sentía ansioso por regresar a nuestra casa y masturbarme, tenía las imágenes frescas de lo que había visto durante la tarde y las utilizaba a conveniencia. Las acomodaba a mi antojo y su orden no importaba, ya que su fin siempre era el mismo. Cada noche al llegar, me metía en la ducha, me lavaba el pelo y el cuerpo y me masturbaba. Dedicadamente y con los párpados apretados.

En la segunda semana creí estar en el cenit de mis nuevas experiencias y la excitación iba in crescendo, más miraba a esos hombres semi desnudos, más alimentaba mi deseo que era una bestia que crecía. Los recuerdos se acumulaban, las imágenes se sucedían unas a otras como en un extenso film. Tonos rosados lo hacían parecer el Olimpo, torsos desnudos por doquier y actitudes desafiantes de todos esos dioses. Yo un simple mortal dispuesto a aprender. Aquella tarde de la segunda semana, volvimos temprano de nuestro día de playa ya que, en palabras de mi padre, teníamos una cena con uno de sus importantes amigos y su familia.

Nada me aburría más que mi padre y obviamente todo lo que viniera de él, en este caso su cena. No lo entendía y él no me entendía a mí. Pero eso bastaba para mantener siempre esa distancia agradable que me ayudaba a mantenerme en calma y en una serena comodidad.

Concurrimos a la cena. Nuestras pieles ya reflejaban un dorado hermoso y el lugar era cálido, acogedor y estaba sorprendentemente vacío. Hermosa calma. Nos sentamos a la espera de la familia. Yo permanecía serio y note que los demás ya se habían dado cuenta de mi cambio de actitud. Estaba realmente aburrido, quería irme de aquel lugar y de las preguntas incómodas que sabría que vendrían: ‘’¿Tenés novia? ¿No te gusta alguna chica? ¿De qué cuadro sos’’

Se que siempre pierdo en ese juego.

De pronto, se abrió la puerta del pacifico como un enorme cuchillo afilado que corta de repente una fruta madura. Un bullicio se hizo presente y mis ojos se iluminaron esperanzados.

La familia entró rápidamente y se sentó en nuestra mesa. Dos padres y tres hijos. No saludamos y yo no podía sacarle los ojos de encima. Media un metro ochenta aproximadamente y una fina barba oscura que prometía espesarse me cautivó.

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soliloquio de un tigre en Japón bajo la lluvia.

Mi fisionomía está emplazada en Osaka, Japón. Mi mente perdida en otras latitudes tan lejanas que me cuesta creer que el mundo sea tan enorme. Me siento engañado como Otelo, pero defraudado por mi mismo.
Mis células acomodadas de forma aleatoria, están sentadas frente a una ventana mojada por la lluvia, apenas coloreada por el paisaje que viene del exterior.

El periodo de prueba terminó, es hora de empezar de una vez por todas. Todos esos artículos no van a escribirse solos, pensé. Pero tengo la cabeza en otro lado, afuera en la lluvia, en las nubes pesadas y en la ciudad.

Después de haberme sometido a pruebas extenuantes la recompensa había sido empezar a trabajar en un sitio de internet emergente cuyas oficinas estaban radicadas en Osaka, rodeada de calles milenarias y templos antiguos. Andaba con sigilo y un día escribí lo siguiente: “Nunca vas a poder superar los más de 10.000 kilómetros que nos separan”, como si yo lo supiese todo de distancias y de superaciones, cuanto cinismo y cuanta poca autocrítica.

Envié ese email el primero de enero, no tengo idea de cuando habrá llegado pero lo que si sé es que nunca tuvo respuesta. Ni llamados, ni otras cartas parecidas (aunque confieso que me gustado recibir una respuesta, lo cual me hacía más cínico todavía).

El departamento es pequeño y a diferencia de como dicen muchos “más chico, más acogedor”, este es minúsculo y ahoga. Estas cuatro paredes me tienen como un animal enjaulado en una pecera enorme de un acrílico grueso. Hasta incluso puedo ver a la gente pasar y mirame con cara de idiota, entretenida con mis ojos sin rumbo.

La ciudad se cubre por un manto de agua desde hace dos días, de forma ininterrumpida. Me siento desesperanzado, perdido. Me di cuenta que la búsqueda es más importante que el resultado y debajo de mi piel veo emerger unas crecientes dudas.

Todo es ruido. Decido escribir otro email, esta vez distinto, una que pida perdón y que remedie esa distancia, que me acerque. Apoyo la computadora sobre mis piernas, cerca de mi cuerpo, pero lo que siento lejano son mis brazos, mis manos andan lento, cansadas.

Afuera llueve más fuerte y la ciudad comienza a cubrirse por un extraño vapor naranja. Trato de no perder la concentración, pero el tono cálido prima en el exterior y lo está transforman todo.
Los rascacielos parecen derretirse ante tanto humo y la gente desaparece de las calles, casi impulsados por un motor, por una fuerza mecánica que los empuja.

Nose si sea impresión mía o el mundo se está yendo cada vez más a la mierda.

Escribo mientras pienso y me pregunto si no sea mejor pensar primero o escribir después o escribir primero y después arrepentirme para siempre. ”Nose como decirte esto, será mejor empezar por el principio”. Borro. ”Ya sabes como soy, digo las cosas por puro impulso” Borro otra vez. ”Espero puedas perdonarme”. Borro de vuelta.

Desisto la tarea de escribir, no es el momento. Escucho un ruido ensordecedor, como el grito de un gran animal que está pidiendo no ser asesinado por un cazador despiadado. A lo lejos veo un movimiento extraño, ubico rápidamente un binocular que una vez compré, casi de casualidad, para espiar a mis vecinos.

Observo la torre de enfrente, un bloque inmenso y vidriado, una mujer desnuda casi pegada a la ventana con una extraña sombra detrás. Estoy atónito. Dejo la computadora a un lado y pego la cabeza a la ventana. Ella mira hacia el exterior, al humo naranja y no se percata de que hay algo detrás, esperando pacientemente a sus espaldas.

Me desespero, tengo la espalda empapada. La lluvia cae con más intensidad que antes y el humo naranja se hace espeso, como si fuese una gran ola en mar abierto. Me levanto, hago señas junto a la ventana, muevo los brazos como un loco, grito. Nada.

Ella continúa mirando tres pisos hacia abajo, sin poder despegar su mirada del suelo. No se su nombre, no se su edad ni conozco nada de ella. La tensión crece dentro de mí, comienzo a ahogarme. El aire no circula por el cuarto, y mis manos no me responden.

Desde la sombra que se sitúa detrás de su espalda, se desprende una figura alta, de casi dos metros. Negra, oscura como un pozo hondo y los brazos largos comienzan a rodearla y ella ni siquiera parece notarlo. Su mirada continúa fija en el suelo, sin desprenderse. Pienso en correr, en bajar rápidamente hasta su edificio, pero no se su nombre, no se como llegar a ella.

Los brazos enormes la rodean por completo. Antes de que su cuerpo desaparezca para siempre, mis ojos conectan con los suyos.

 

 

MCZ3745D.

Que lindo ver la ciudad tan iluminada ¿No?, le dije. Lo miré a los ojos y desconocí su brillo por completo, sus párpados parecían pesarle y tendían a cerrarse. Pero igual estaba enamorado de él. Tenía algo dentro que se me podría llevar a cometer alguna locura en cualquier momento.

A lo que dije le siguió el silencio. No respondió absolutamente nada, aunque me dijeron que sería capaz de hacerlo. A nuestro alrededor teníamos cientos de edificios disponibles para ser admirados. Brillaban con un fulgor que los hacía ajenos de ésta tierra, provenían de un futuro que nunca podríamos conocer. 

Corría un suave viento fresco que le relajaba a uno los músculos después de tanto caminar. Aquel día hacía calor pero la brisa que venía del mar (a pesar de su lejanía) lo aliviaba todo. Tenía que tener paciencia puesto que él caminaba lento, como si tuviera alguna dolencia. Miré la piel de sus mejillas y estaba rugosa, como seca, dura e inexpresiva.

Le pregunté si estaba bien y lo único que hizo fue voltear el rostro hacía su derecha y mirarme fijamente. Otra vez los ojos opacos. Cada movimiento calculado al máximo, programado por tanto tiempo, siendo impulsado por una fuerza mecánica.

Las estrellas sobre nosotros estaban tibias y su luz azul era hermosa, sobre el cielo flotaba un aire de suspenso. Quise hablarle pero sabía que no sería fácil, pero había esperado demasiado tiempo como para detenerme en esta falta. Decidí dejarlo atrás, ya tendríamos tiempo de hablar, pensé.

Nos conduje hasta mi pequeño departamento, provisto solo de una gran habitación y una modesta cocina adosada a un living normal. Piso dieciocho, seis minutos de ascensor y mas de mil escalones arriba.

Apenas cerré la puerta comenzó a besarme. Sus labios estaban todavía endurecidos producto de la inexperiencia y sus ojos levemente cerrados, lo cual le daba un aura aterradora. Rápidamente me sacó toda la ropa, movimientos mecánicos y previamente pautados, introducidos en su cerebro. Labios faltos de húmedad, repletos de circuitos.

Desnudo le tomé las manos y el signo del paso del tiempo en ellas era algo que jamás había existido, sus huellas dactilares estaban borradas y sus palmas lisas. Era mi turno. Le saqué su camisa y bajé sus pantalones, le quité su ropa interior y sus zapatos.  Ahora que lo pienso su ropa estaba pasada de moda y olía extraño. Dejé de sentir vergüenza, sentía emoción, estaba realmente excitado. Seguí besándolo y él permanecía inmóvil como una escultura. 

El David de Miguel Ángel u otra que no recuerdo bien, en ese momento no podía hacer nada más que admirar su cuerpo. Lo tomé bien fuerte entre mis brazos y sollocé, tenía todos los sentimientos desparramados por el suelo, pero por primera vez no me sentía vulnerable. Lo hice girar sobre su propio eje, tal y como gira el asqueroso mundo y contemple su espalda que cubierta por un fino vello recién crecido y rubio, casi imperceptible, me devolvió un universo que creí jamás podría llegar a conocer.

Incrustado en su nuca, debajo de su cabello grisáceo, reluciente, un metal recién lustrado con un código grabado: MCZ3745D.

En estos últimos diez años se habían creado alrededor de 500.000 robots de apariencia humana para satisfacer las necesidades sexuales de un porcentaje de la población, ya que una enfermedad gravísima hacía el contacto sexual entre humanos imposible. 

Lo recosté sobre la cama, ya que sus movientos eran poco certeros y allí lo abracé. Mi cuerpo se pegó al suyo, extrañando el calor que jamás tendría y esperé a que diga sus primeras palabras.  Mientras acariciaba su artificialidad, pensé en cuanto me había costado obtenerlo y una especie de orgullo se sobrevino sobre mí. 

El diagnóstico fue ansiedad y un trastorno de personalidad antisocial que me resultaba imposible establecer una relación con una criatura humana, viva. Tenía fobia y rehuía. Veía a los humanos como bloques de hielo impenetrables y realmente difíciles de comprender.

Supe que estaba enamorado desde el momento en que lo encendí, desde el momento en que sus circuitos se encendieron y cada microchip dentro de su estructura se puso en funcionamiento. Estaba siendo realmente feliz, pero el eterno vacío seguía ahí, el abismo seguía enorme y cada roca en este desierto permanecería para siempre en el mismo lugar. 

Abrí su estructura trasera, un tablero de circuitos integrados que se ubicaba en uno de sus muslos y lo apagué para asi poder cargar su batería. Lo senté sobre la cama deshecha y me senté frente a él para contemplar sus ojos opacos.

hemisferios.

Últimamente me está pegando fuerte la sensación de que las cosas que hago no están dando resultados (este blog, las reseñas de discos y películas que hago o la novela que decidí escribir) y tampoco se si doblegar los esfuerzos y hacerlo aún con más ganas todos los días o rendirme e inyectarme una gran dosis de monotonía, de no hacer nada y dejar todo a un lado.

El miedo al fracaso es un miedo racional, para mí. Nose en que hemisferio del cerebro está el miedo. Yo me siento con un gran cerebro que tiene los hemisferios atrofiados.

Hacer lo que te gusta no siempre da sus frutos (no hablo de los económicos, claro está). Pero… ¿Y si realmente es así y los frutos nunca llegan? Yo tengo esa sensación, de que no hay nada más allá y que las cosas que hago son un inmenso sin sentido. 

Me siento parado en el hemisferio equivocado de la realidad, inestable. Las ideas están en oriente y yo lejos, o al revés.

Nose si será la época horrenda del año o el cansancio, pero me siento hastiado y sin rumbo… Otra vez. 

el día de hoy me convertí en una echinoidea.

Ya es imposible volver atrás pues he dejado de ser yo. Sentí que mi luz interior había dejado de ser luz, que se oscurecía o que quizás se perdía para siempre.

Con el caer de la tarde comencé a sentirme extraño, como si mi cuerpo ya no fuese mi cuerpo y mucho menos fuese un cuerpo. Un cosquilleo intenso atormentaba mi brazo derecho y un entumecimiento mis dos piernas. Sentía que me caería en cualquier momento.

Al regresar a casa, comencé a experimentar unas punzadas intensas en el estomago, algo que jamás había sentido pero que me doblaba el cuerpo del dolor. Me tumbé en el sofá esperando que éstas pasaran, ya que mi cuerpo no se atrevía a subir las escaleras hasta el cuarto, por temor a otra oleada de dolor. 

Me acomodé en el sofá, procurando acercar mis piernas lo más posible a mi abdomen y así conseguir una posición fetal. Prendí el televisor pero fue en vano, nada podía distraerme realmente y el dolor era como una orquesta que no paraba de sonar. 

La luz del televisor comenzó a enceguecerme y el sonido que producía parecía querer hacerme estallar los timpanos. Un concurso de canto, que oportuno, pensé.

Tenía sed, sentía el cuerpo seco y los labios disecados. Supuse que una ducha arreglaría este problema, que me sentiría mejor, pero lejos de arreglarlo sucedió todo lo contrario. En cuando puse un pie bajo el agua tibia sentí como si hubiese sumergido la pierna en ácido (aunque nunca lo hice, claro está, pensé que así se sentiría). El agua comenzó a quemarme y mi pie se sometió a un ardor inimaginable, terrible. Lo saqué inmediatamente y tendido en el suelo del baño aullé como un animal que esta a punto de ser devorado por las fauces de la muerte.

Me arrastré hasta el cuarto y como pude escale sobre la cama, que me parecía de una altura exagerada. Me tumbé allí e intenté dormir.

Todo fue distinto cuando desperté, pues mi cuerpo estaba hinchado y con una tonalidad rojiza. Tuve miedo, sentí pánico y casi no podía moverme, intenté gritar y pedir auxilio, pero el sonido se empastaba en mi boca.

Mi vientre se rasgó y desde dentro emergieron dos puas rojas y naranjas, cada una de un largo considerable que se agitaban una independiente de la otra. Sentí temor. Tantee el teléfono que estaba sobre mi cama pero mis manos se habían vuelto torpes y cada intento desesperado fue en vano.

Desde las yemas de mis dedos emergieron más púas, esta vez negras, oscuras como un cielo tormentoso. A mi boca la invadía un regusto agrio que me producía náuseas, me sentía mareado y turbado.

Mis pupilas se dilataban y la luz quemaba mis ojos. De mi nuca emergían más púas rojizas y mi cuerpo aún regado sobre la cama se transformaba por el dolor. Cada una de las púas que emergía de mi estructura se clavaba en la cama y me aferraban a ella. 

Desde dentro de mi nariz salieron de pronto más púas rojas como la sangre. Lo último que vi fue como una gran tormenta transformaba el cielo grisáceo y como ésta traía más oscuridad a la noche helada. De a poco todo se llenó por completo de agua, cada mueble en el cuarto flotaba por encima del líquido y el ruido de un agua tranquila me endulzaba los oídos.

Cada una de las púas que recubrían mi cuerpo se habían aferrado a la cama empapada y supe que sería imposible volver atrás, pues había dejado de ser yo. 

pasado perfecto.

Pase la mitad de mi vida sin haberte encontrado, sin haber escuchado tu sonido, sin haber sido capaz de contemplar el mundo.

Recuerdo que cuando las rocas volaban sobre la tierra todo era perfecto, distinto. No quiero decir que este presente sea malo, pero está vacío, está oscuro. Cada uno de los pueblos que antes lo llenaban todo, cada camino y cada río ya no están. Perecieron ante tanta eternidad. 

La música que supo escucharse en medio del bosque un buen día se detuvo, dejó de retumbar en cada hoja, en cada trozo de madera que ahora se pudren inundadas de decadencia.

Los pájaros migraron hasta la existencia más prospera, dibujaron sus alas en un cielo extrañado, pintado de un color uva gastado. Nunca más volverán.

Me di cuenta que todo se había terminado cuando de a poco las estructuras que alguna vez albergaron vida estaban vacías.

Encontré el caparazón de una tortuga medio enterrado en la arena atemporal y dentro estaba vacío. Aunque pude ver una porción de universo dentro, este estaba oscuro. De tanto caminar, mis pies se resquebrajaron y lastimados los llevé hasta la entrada de una cabaña abandonada.

Ahí hallé una piedra celeste con unos contornos lisos, perfectamente esculpida. La guardé en mi bolsillo sin saber que allí permanecería para siempre.

Años más tarde, el musgo encontró mi cuerpo y retuvo su escaza humedad, la cual lo hizo crecer y cubrió por completo el valle despoblado. Esto concluyó en que el color preponderante sea un verde tornasolado que lo ocupó todo, hasta que los ríos helados volvieron a correr.

dientes.

Perplejo observé a mi alrededor y hallé mi cabeza en una penumbra, una sombra que la absorbía. Abrí mi boca y mis labios resquebrajados se partieron un poco. Delante de mí había una estructura blanquecina que no podía distinguir bien. Tenía la vista nublada.

Mis manos se acercaban a mi boca y de a poco las metía dentro. Apenas toqué mis dientes con dos pares de dedos, estos se desprendieron de mis encías. El gusto a sangre lo inundó todo. Sobre el montículo blanco caían de a una mis piezas dentales ensangrentadas. 

Pasé la lengua por las encías vacías e hinchadas y el dolor fue insoportable, el ferroso gusto se hacia intenso. La sensibilidad en mi boca era demasiada. 

Imaginaba como sería mi aspecto sin dientes. De pronto, dejé de verlos sobre el montículo y asi como este desaparició también se fue el dolor. Quizá para siempre, pensé.

Luego de despertar indagué sobre que podía significar ese tipo de sueño. Leí entonces que soñar que se te caen los dientes simboliza la pérdida de alguien querido. La muerte. Aunque todo tipo de pérdida simboliza la muerte de algo. Del deseo, de los impulsos, de un sentimiento.

Desde ese día pienso que tipo de pérdida significará mi muerte (física, claro está). 

manos de infinito.

Acercando mi mano despacio y metiéndola dentro de aquel circulo alargado, pude sentir rápidamente un líquido hirviendo que me causaba muchísimo dolor y que se deslizaba por todo mi brazo cubriéndolo desde la punta de los dedos hasta el codo, cada vez introduciéndose más en aquella masa amorfa sin principio ni final.

El viscoso material me producía un dolor infernal e insoportable que casi ningún humano sería capaz de tolerar en esta tierra. Tanta resistencia me otorgaba cualidad de semi-dios, una deidad con poderes sobrenaturales pero con padres terrestres.

O como lo llamo yo, haber nacido en el lugar equivocado. 

El material que contenía la elipsis era uno desconocido aún en este mundo y brindaba conocimiento y un viaje espacio/temporal a quien lo tocara, además de una sabiduría infinita e inabarcable, incapaz de entrar en cualquiera cerebro asi como así. Pero lógicamente tenía un riesgo que implicaba algo peor que la muerte, que aunque eterna e irremediable, era nada comparada con perderse para siempre en un espacio/tiempo desconocido por todos y nunca antes recorrido.

El perderse para siempre era literal, puesto que el cuerpo quedaría atrapado dentro del vórtice, encerrado en una masa multiforme que lo consumiría y rodearia por el resto de una eternidad, por miles de años, pero la conciencia de ser y sentir, así como también de razonar quedaría intacta. Produciendo así una angustia eterna.

Sentí como el mar helado tocaba mis manos, las golpeaba con fuerza y la ola volvía, retrocedía cobarde hacia el centro de la tierra. Sentí la arena húmeda entre los dedos, fría. Unos corales rozaron mis dedos y los hicieron temblar.

Las yemas de mis dedos sintieron los tentáculos de un gran calamar que se desplazaba casi rozando el fondo marítimo. Ventosas pegajosas y la textura de sus músculos me estremecieron.

Me encontraba profundamente intrigado, llevado por ese deseo intenso de meterme dentro de aquella figura elíptica sin principio ni final. De tocar todo el universo, de atravesar el espacio y vivir en un tiempo eterno. 

anamnesis.

Veni, sentate. Vamos a hablar.

– ¿Algo que decirme?

Sin mirarlo le dije: – No, nada, solamente te quiero preguntar en que estás pensando.

Titubeando :-¿En que estoy pensando? Nose, en nada en particular. Pienso en esos instantes del pasado que te dibujan destellos cálidos en los ojos.

Lo miré sorprendido: – ¿Recuerdos decís?

– ¿Recuerdos? Me observó extrañado directo a los ojos.

Tome aire y contesté: -Los recuerdos son las cosas que uno vivió y que de vez en cuando le vienen a la mente. 

Se acomodó más cerca mío, como signo de confianza y dijo: – Pero yo te hablo de los destellos y de lo que sentís, no de los “recuerdos”.

Siguió: -Eso que sentís te transformó la mirada, yo te veo distinto, no como antes.

Acomodó sus dos manos pegajosas sobre las que podían ser llamadas rodillas y continuó: -En donde yo viví, los sentimientos no existen, yo los conocí acá, pero allá es imposible hablar de sentimientos. Tampoco existen “recuerdos”. Nadie siente tales cosas o tiene tales visiones.

– Pero vos sí, por eso estás acá ¿No?

Mirando a lo lejos y buscando vaya a saber qué, dijo:- Sí, yo estoy acá por ese motivo. Por extraño que te parezca, mientras realizaba una caminata desde mi hogar hasta el centro de inteligencia sentí un olor extraño y dulce. Muy dulce. Inmediatamente, volteé para buscar desde donde provenía, su origen. Pero no encontré nada, solo un montón de tierra gris y un viento caliente que me hacía cerrar los ojos. Nada más.

:- ¿Que recordaste?

:- Ese perfume me trajo un solo pensamiento a mi cabeza (se llevó la mano a lo que podía llamarse sien). De pronto me vi en un enorme campo regado de flores de diversos colores, ese mismo lugar donde yo estaba parado pero muchos años atras. Colorido y perfumado recibiendo al nuevo día que acababa de comenzar. 

Sus ojos parecieron llenarse de lágrimas. Nunca lo sabría con exactitud si se trataban de lágrimas reales, lo que llevó a preguntarme si además de aprender a recordar y ejercitar sus sentimientos, también había aprendido a llorar.

:- Inmediatamente aquel pensamiento desapareció de adentro mío, para siempre, pero dejó en mí una sensación formidable. Una sensación de angustia y de felicidad a la vez. Profunda angustia e inmensa felicidad.

:- Y no supiste como manejarlo, le dije acercando mi rostro al suyo, esbozando una leve mueca parecida a una sonrisa. 

:- No. Inmediatamente me puse a gritar y me tiré en el suelo polvoriento. Mis manos se ampollaron porque la tierra de allá es tóxica, por eso usábamos una especie de zapatos especiales. Golpeé el suelo, grité muy fuerte, miré al cielo amarillento y continué gritando.

-Quería saber de que se trataba eso que llevaba dentro y quería que vuelva a ocurrir, pero nada. Se había perdido para siempre. Fue cosa de un instante.

– ¿Y qué pasó después?

– Puede decirse que “enloquecí”. Es decir, me pasé los siguientes días yendo y viniendo por el mismo lugar para intentar que esas imagenes volvieran a mi cabeza, pero nada. Estaba como en un estado de alteración permanente.

Suspirando dijo:- Los que yo alguna vez llamé amigos, que vivían junto a mi hogar, alertaron a la oficina de seguridad y me detuvieron. Si alguien había vivido lo mismo que yo, nunca voy a poder saberlo. Pero te puedo asegurar que fue hermoso y valió la pena.

– Luego de eso pasé varios años en una especie de cápsula, llena de un liquido naranja. Pero allí dentro, ninguna de esas imágenes se detuvieron, sino que se hicieron más fuertes y frecuentes. Recordaba mi infancia, como era mi hogar y mis padres. Recordé el suelo naranja y lleno de vida y el cielo amarillo que quitaba el aliento.

– Después de tenerme allí, en esa cápsula durante mucho tiempo (lo que podía llamarsele garganta se le había secado y se tomó un tiempo para seguir hablando).

– Luego de tenerme allí, por mucho tiempo, decidieron expulsarme. Me metieron en un gran gigante de hierro y desperté acá. 

Con mis ojos empapados y fríos, le dije:- Es terrible, que solo por recordar te hayan hecho eso. Que te hayan desterrado de aquel lugar para siempre.

Devolviéndome la mirada y con total certeza afirmó:- Yo creo que tenían miedo. 

-¿Miedo? Pregunté.

-Si, miedo. Miedo de que descubriéramos y tomaramos conciencia de como había sido todo antes de que nos impidan recordar. De que soñemos con reconstruir todo aquello que habían destruido. 

Sin decir nada volteé mi cabeza y me sequé las lágrimas con la manga de la camisa. Estaba profundamente conmovido y no podía parar de llorar. Él puso su extraña mano sobre mi espalda y me dijo que todo iría bien, que el estaba bien y aunque triste por haber abandonado su tierra, ahora estaba contento de poder recordar todo lo que alguna vez habia visto, hecho y sentido.

un grito desde el fin del mundo (II)

A medida que el ser enorme se acercaba, de su cuerpo emanaba un líquido verdoso y algo espeso. De su cabeza se desprendía un humo grisáceo y sus ojos irradiaban aquel brillo violáceo que me aterraba.

Sentía como la sangre helada corría veloz por mis venas y de a poco llegaba a mi cerebro y cada impulso violento de mi corazón me deformaba el pecho. Me caí al suelo y en mi espalda sentí un dolor agudo, como si una gran estaca me atravesara el cuerpo. 

Tuve miedo. Sabía que no podría defenderme de aquella criatura. Sabía que iba a morir, de una forma por lo menos sangrienta.

Aquel ser nos envolvió a ambos con el humo que salía de su cuerpo y creó una especie de burbuja gris en medio de la nada. A lo lejos un gran pájaro gritó por última vez un grito que resonó e hizo vibrar hasta la última hoja de este planeta y de otros planetas en otras galaxias.

Unas manos enormes se acercaron a mí dentro de la burbuja pero extrañamente no eran lo suficientemente largas como para siquiera tocarme. La sangre continuaba fluyendo y la presión que ejercía dentro mío parecía que haría estallar mi cuerpo en cualquier instante.

Todo afuera de la burbuja se hizo negro, profundo y brillante. Unos destellos de luz recorrían las inmediaciones de la burbuja. Cerré mis ojos esperando lo peor, sin saber si despertaría.